Para muchos, nunca es el mejor momento para casi todo. Posponen tantas cosas que aplazan incluso su felicidad para ese día en el que consigan esto y lo otro, en que por fin, logren aquello de más allá. Ahora bien, hemos de tener en cuenta que quien pospone demasiado deja de vivir el presente, porque la felicidad no se programa en una agenda. La felicidad se crea, se siente.
La forma en que percibimos la realidad es pues algo
determinante. Hay quien se focaliza solo en los problemas hasta caer en el pozo
del victimismo, ahí donde la oscuridad nunca le permitirá ver ninguna salida.
Otros, en cambio, ejercitan el músculo de la responsabilidad y la valentía y
son capaces de ver en los mismos problemas auténticas oportunidades.
La pregunta al por qué de esta dicotomía, es decir, por qué
hay quien cae en la indefensión y quien, por su parte, es capaz de poner la
llave en la cerradura de la oportunidad, reside como siempre en ese residuo
genético tan latente en nuestro cerebro: el miedo.
Es este instinto quien nos susurra aquello de que es mejor
no asumir riesgos, que es mejor dejar las cosas como están, que es mejor no
arriesgar. Sin embargo, hay que tener en cuenta que ante cada oportunidad
perdida, ante cada momento no aprovechado, aparece otra aplastante dimensión a
tener en cuenta: la frustración.
Sabemos ya que nuestro principal enemigo, el más cotidiano,
es el miedo. Es pues el momento de coger las riendas de nuestra salud emocional
y entender que la vida, la felicidad, acontece más allá de la linea del miedo.
Solo un paso más allá de la zona de confort.
Hemos de darnos cuenta que un problema no está en las”
circunstancias externas” sino en nuestra mente. Intenta verlo como una
oportunidad de aprendizaje y no como algo que escapa a tu control.
Otra forma de enfocar las dificultades es dejar de verlas
como “islas” donde quedarnos aislados y envueltos por la bruma del abatimiento.
Entiende que un problema no es más que un PROCESO. Si nos despiden del trabajo
no debe ser el final del mundo, sino la oportunidad de hacer un cambio, de
iniciar una nueva dinámica.
Hay momentos complejos para los cuales, no hay una solución.
Si no somos felices con nuestra pareja, por ejemplo, estamos pues ante una
dificultad para la cual no hay remedio pero sí un final: el adiós. Estamos pues
ante un nuevo proceso con principio y fin que nos abre a su vez las puertas a
un nuevo ciclo vital y, por tanto, a una nueva oportunidad de ser feliz. Pero
esta vez, en soledad.
Es muy posible que nuestras mejores oportunidades estén
aconteciendo ahora mismo y en este momento. Solo debemos permitirnos ser un
poco más valientes y dejarnos llevar por la ilusión, la valentía y el coraje.
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